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Ceniza solidaria con quienes está hecho polvo

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Para muchas culturas y religiones, esparcir ceniza en la cabeza es un gesto de humildad, que nos recuerda que somos humanos, porque somos “tierra” (en latín, “humus). Al mismo tiempo la ceniza es un «resto», es decir, algo que parece un final y en realidad es un comienzo, dados los rescoldos que la acompañan. De la ceniza resurge el ave fénix a una nueva vida. Es señal de nacimiento y de resurrección. La ceniza es lo queda cuando se queman los ramos del domingo de pasión del año anterior, cuando Jesús termina hecho polvo en la cruz.

La ceniza es algo sin consistencia, soplas y se dispersa. Pero si a la ceniza la mezclamos con agua, el soplo ya no dispersa la ceniza. Si añadimos, además, un poco de cemento, esta ceniza, al secarse, tendrá consistencia. Empezamos la Cuaresma, recordando que estamos hechos polvo, como la ceniza. Al final de la Cuaresma, el agua de la Pascua dará más consistencia a nuestra vida.

Al recibir la ceniza nos hacemos solidarios con quienes más están hechos polvo por las injusticias del mal, las víctimas de la violencia que mata y aviva guerras y conflictos en tantos países del mundo; los inocentes y pacíficos; los que sufren el desprecio de los derechos humanos; los que padecen la economía de la exclusión; los trabajadores pobres y oprimidos o quienes están abrumados por el peso de las debilidades psico-fisicas en tiempo de pandemia.

Con la ceniza empezamos un entrenamiento de 40 días, una concentración de 40 días en el desierto que terminará con el triunfo de la Pascua. De la ceniza surgirá entonces el fuego de la Pascua. Y con su luz recibiremos energía renovada y renovable para nuestro compromiso transformador en favor de las personas hechas polvo que encontramos a diario en el camino de la vida.